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Caminos de hierro

Prefiero la libertad, sin duda ninguna. Seguir mi camino. Pero a veces no hay otra que seguir el hierro, tanto el de la ingeniería como el del destino. También, a veces, se puede cruzar el inmenso camino del destino y plantarse en otro escenario, al otro lado. Es otro camino de hierro, pero este lo elijo yo.

Me gusta la metáfora de las vías como representación del destino, que nos lleva lejos pero a base de arrastrarnos por ellas. Casi siempre estamos sometidos a sus designios y no podemos enfrentarnos contra el destino. Por eso tengo cierta atracción por las pasarelas y los puentes que cruzan y atraviesan las líneas principales de la corriente. A veces no sabemos exactamente dónde nos llevan, porque no se ve el final, solo se adivina. Lo que si que hacen bien los puentes es cambiarnos el escenario.

Pero una vez decidido a burlar la línea de fuerza del destino, quizá nos encontremos con un premio inesperado, un lugar sin vías, sin obligaciones acuciantes. Un premnio para el atrevimiento de abandonar lo conocido y pasar al otro lado. No todo son trampas. Quizá se trate de un lugar seguro. Siempre será un paisaje mejor o peor en el que se puede distinguir el punto de fuga, ese sitio al que nos llevan los pasos y la mirada.

Es imposible tener toda la vida planificada. Casi siempre surge algo que nos cambia, sea una circunstancia o una decisión. Siguiendo aferrados a lo que tenemos los resultados serán los mismos. Un ánima con espíritu nómada se atreve a cambiar todo, y también acepta los cambios que le vienen impuestos, aunque no sepa cual será el resultado. Si hay que sufrir por ello, está mejor preparado quien no se aferra a nada (curiosa expresión en la que está de nuevo el hierro), quien tiene los ojos bien abiertos para entender y jugar con lo que llegue.